jueves, octubre 29, 2020

Occidente y la ficción democrática

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Artículo de opinión de Jose Vicente Pascual

La democracia y el estado de derecho que garantice las libertades individuales, el bienestar colectivo y la estabilidad social, son un mito; un conjunto de lugares comunes profundamente ideologizados que forman la quimérica armonía del abstracto (más bien absurdo) ideario común contemporáneo.

Fuente: Wikipedia

La ciudadanía de occidente vive más tranquila y duerme casi sin ayuda de ansiolíticos si se imagina partícipe activa en una sociedad libre, moderna, próspera, moralmente repulida e históricamente legitimada; es decir: necesaria. Pero todo eso es bambolla, una mentira muy ágil y muy coqueta que nos contamos cada día y que ayuda, qué duda cabe, a encontrarnos sentido en medio de tantas cosas que no comprendemos y tantas otras que, con toda razón, nos parecen expresivas del caos último sobre el que fermenta el mundo civilizado.

Claramente: si la democracia fuese el sistema idóneo de gobierno, no haría falta abolirla de facto cada vez que nos encontramos ante situaciones excepcionales, como esta que atravesamos a consecuencia de la infección vírica denominada Covid-19.

La fortaleza y justeza de cualquier régimen organizativo-jurídico se demuestra precisamente cuando surgen situaciones de excepción. Para los días de fiesta, cuando no sucede nada, cualquier sistema vale; cualquier teoría y cualquier principio o planteamiento brillan por su originalidad sin que la práctica haya probado su viabilidad.

Pura lógica: si se pueden restringir derechos tan elementales como el libre desplazamiento de personas, el ejercicio del legítimo comercio, el ocio, etc, sin que nadie proteste ni sienta agredida su soberana potestad cívica, entonces ni el sistema democrático es infalible ni la gente cree tanto en él como se dice.

Más en concreto: si de verdad viviésemos en una sociedad moderna, progresista, civilizada, consciente y solidaria, no sería en absoluto necesario que nuestro gobierno (cualquier gobierno) implantase el estado de alarma y nos sometiese a una restricción tan tajante de nuestras libertades. Sería suficiente con que desde los poderes públicos se hicieran muy serias recomendaciones a la población acerca de estos aspectos de la convivencia. La misma ciudadanía, sin duda, acogería tal minuta como cosa necesaria y de beneficio, y la aplicaría a rajatabla. Pero no es el caso. En el fondo, también nos tranquiliza saber que donde no llega la democracia y donde la libertad es inútil para resolver conflictos, llegan la mano dura del poder y la implacable obligatoriedad de la ley.


Decía el clásico que “la libertad es la percepción que cada uno tiene de su propia seguridad”. También afirmaba otro pensador muy puesto en estos asuntos que “en una dictadura se sabe quién manda y en una democracia se sabe quién no manda”. Lo pintoresco (¿lo previsible?) de la cuestión es que a la postre nos vamos acostumbrando a vivir en perpetuo estado de excepcionalidad, esas situaciones en las que, por encima de cualquier otra consideración, apreciamos nuestra seguridad como el bien superior a preservar, y reconocemos que no mandamos en nada pero podemos delegar en quien sí manda para que arregle la avería. La tarea del poder, a estas alturas, es bien sencilla: convencernos de que vivimos en un mundo muy complejo, tan enrevesado que la excepcionalidad se ha convertido en norma. Las veleidades democráticas, para los románticos ilusos.


Sin ir muy atrás en el tiempo, los que nacimos el siglo pasado recordamos vivamente unas cuantas situaciones “especiales” (bastante especiales): los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, la primera guerra del golfo, los atentados del 11-M (2004) en Madrid, las negociaciones “de paz” con ETA, la crisis económica de 2008, el terrorismo yihadista en París (2015) y Barcelona (2017), el golpe de estado en Cataluña (2017) y sus secuelas durables en el tiempo… A nadie le ha preocupado, en el continuum exasperante de estas crisis, cosa distinta que su seguridad física o jurídica, y nadie ha pretendido “mandar” en aquellos lodos para siquiera sugerir una vía de remedio. La democracia elige cada cuatro años, pero no decide nada. Es nuestro destino, si alguien o muchos algunos puestos de acuerdo no lo remedian: la democracia y la voluntad de ser en la historia de los pueblos, finalmente, serán religión para escépticos, una hermosa aspiración (acaso quimera) a la que se puede venerar pero en la que nadie creerá de veras.

El individuo-ciudadano contemporáneo, atomizado, desvinculado de su razón de estar en el mundo, convertido en consumidor de productos materiales e ideas-emociones letárgicas, es el sujeto perfecto para edificar la gran utopía ajena: el paraíso de los que sí mandan. A estos últimos, el dichoso coronavirus los tiene encantados. A los demás nos tiene infectados desde muchísimo antes de que oyésemos hablar de él por primera vez.

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