martes, junio 22, 2021

El coste descomunal del ‘Clan Botín’

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El Santander ha tenido que desembolsar más de 300 millones de euros desde 2001 para mantener al ‘Clan’ en el poder, sólo por las indemnizaciones de Amusátegui y Corcóstegui

La historia del Banco Santander se puede resumir en su creación en 1857 por seis fundadores, don Jerónimo Roiz de la Parra, don Juan de Abarca, don Antonio Labat, don Bonifacio Ferrer de la Vega, don Antonio López Dóriga y don Agustín G. Gutiérrez; y su presidencia rotatoria por turnos.

El primer miembro de la familia Botín en ser presidente del Santander, por breve periodo de tiempo en el turno rotatorio establecido, sería Emilio Botín y López. Posteriormente, en 1950 sería nombrado presidente Emilio Botín Sanz de Sautuola y López y desde entonces hasta el día de hoy el “clan Botín” se ha enrocado en la presidencia del banco con Emilio Botín Sanz de Sautuola y García de los Ríos, que sustituyó a su padre en 1986, hasta que en 2014 le sustituyó la actual presidenta Ana Patricia Botín Sanz de Sautuola y O´Shea, tras las extrañas circunstancias de la muerte de su padre (a la que nos hemos referidos en anteriores entregas sobre su presunto asesinato y continuaremos en próximas). Así, en los 163 años de existencia del Santander casi la mitad ha sido presidido por miembros de la “dinastía Botín” de los cuales los últimos 70 de forma continuada.

En la presidencia del Santander se ha establecido, sin justificación alguna, una especie de sucesión dinástica absolutista entre los miembros del clan familiar Botín, que entran en el consejo de administración desde muy jóvenes y sin la experiencia requerida para ser consejero de uno de los bancos más grandes de la zona euro y una de las empresas de mayor capitalización del mercado bursátil español. Así, Ana Patricia Botín entró en el consejo de administración en 1989 con sólo 29 años y su padre entró en 1960 con 26 años. Revisen ustedes la composición de los consejos de administración de todos los bancos del mundo y comprueben cuántos consejeros entraron en ellos con 26 o 29 años como lo hicieron Emilio y Ana Patricia Botín en el Santander.

La conclusión es sencilla, no existe ni el más mínimo rastro de selección para el nombramiento del presidente de la entidad, puesto que los miembros del consejo de administración son puestos directamente por los exclusivos designios del “clan Botín”, que administra el banco con despótico nepotismo colocando a familiares y amigos a su conveniencia, enchufados (a los que nos referiremos en una entrega especial) que se convierten en su ejército de agradecidos lacayos. Un ejemplo del despotismo del clan Botín es la anécdota que se cuenta sobre el directivo que tenía que viajar a Nueva York para solucionar unas cuestiones del banco y Emilio Botín, el padre de Ana Patricia, le encargó que antes de volver se pasase por su camisería favorita y le comprase media docena de pajaritas. A la vuelta del directivo, tras reportar éste el resultado de sus gestiones al presidente, éste le preguntó por sus pajaritas, a lo que el directivo le contestó que se le había olvidado el encargo. La respuesta de Emilio Botín, con su peculiar poco estilo de sátrapa, no se hizo esperar “el próximo avión para Nueva York sale en dos horas, sácate un billete y tráeme las corbatas”.

Evidente muestra de las críticas al sistema de sucesión dinástica del Santander fue la del Financial Times que a la muerte de Emilio Botín, en septiembre de 2014, puso en duda el nombramiento de Ana Patricia y, en su artículo Santander: empresa familiar (“Santander: family business”), manifestó que las dinastías familiares pertenecían a la historia de la banca europea, no a su futuro (“Family dinasties belong to history of European banking, not to its future”).

El prestigioso periódico económico de la City londinense no se quedó ahí y, días más tarde, en el artículo La sucesión de Santander pone de relieve los problemas de planificación de Europa (“Santander successions highlights Europe´s planning woes”), criticó la demasiado ambiciosa incursión de Ana Patricia en la banca de inversión (“its overambitious sortie into investment banking”) y la disminución de ganancias del Santander UK durante sus cuatro años de mandato (“at Santander UK profits have fallen during her four-year tenure”).

El diario económico también ponía de manifiesto que la familia Botín no tiene una participación significativa en el Santander, que no alcanza el 1%; y que Ana Patricia Botín no pasó el debido proceso de selección al que debería someterse el presidente de una empresa cotizada en bolsa (“did not go through the due process of selecting a chairman for a listed company”), tal como mencionamos en nuestro anterior artículo en el que nos referimos a la madrugada del 10-9-14 en la que, a las pocas horas de la muerte de Emilio Botín y de cuerpo presente, se celebró la expeditiva reunión de la comisión de nombramientos para designarla presidenta. En conclusión, el Financial Times criticó duramente la falta de planificación y transparencia en la sucesión del Santander por parte del consejo y la inexistencia de búsqueda, selección y propuesta de candidatos alternativos.

Los Botín, pese a no ser titulares siquiera del 1% del Santander, se creen que el banco es suyo y actúan como si así fuera, tratando de dar esa imagen a la opinión pública. Muestra de ello es la anécdota que se cuenta de cuando el abuelo de Ana Patricia subía un día a su despacho y había un puro en el cenicero del ascensor y le preguntó al ascensorista que ¿de quién era el puro?, a lo que el ascensorista contesto “suyo don Emilio, como todo lo que hay en el banco”.

Una sucesión reservada para los miembros del ‘Clan Botín’

Así pues, la historia del Santander demuestra que la sucesión en la presidencia del banco, en los últimos 70 años, desde 1950, parece estar reservada en exclusiva para los miembros del “clan Botín”, que no duda en disponer de los fondos del propio banco, como si fueran propios, para mantenerse en la presidencia y administración contra viento y marea en su beneficio exclusivo.

Y así sucedió en el año 2001, tras la fusión del Santander con el Banco Central Hispano y las posteriores batallas que se produjeron en el seno del nuevo Banco Santander Central Hispano con el cese de Luis Abril, que devino en las dimisiones de José María Amusátegui de la Cierva y Ángel Corcóstegui Guraya.

Para cerrar la fusión se había pactado que se establecería una copresidencia entre el presidente del Central Hispano, Amusátegui, y el del Santander, Emilio Botín. A su vez, Corcóstegui, también procedente del Central Hispano, sería vicepresidente y consejero delegado del recién creado BSCH.

Sin haberse cumplido siquiera dos años desde la fusión, en junio de 2001, ante los incumplimientos de Emilio Botín, Amusátegui renunció a la copresidencia antes del término acordado. Meses después, en febrero de 2002, Corcóstegui también dimitió como vicepresidente y consejero delegado. Incomprensiblemente, ninguno de los dos ejercitó la facultad que tenían de designar a otros dos administradores provenientes del Central Hispano para que les sustituyeran, conducta que el sector vio como una traición en toda regla a los derechos del Central Hispano.

Así, Emilio Botín conseguía vía libre para continuar mandando como un autócrata absolutista en el Santander sin unos molestos copresidente y consejero delegado provenientes de otra entidad que se entrometiesen en sus designios; y pese a que se había acordado su cese como presidente a los 72 años, Botín continuó en la presidencia hasta su muerte en 2014 a punto de cumplir los 80. Fuentes del propio banco mantienen que de no haber fallecido, su hija Ana Patricia nunca habría accedido a la presidencia del Santander, motivo que podría haber sido el detonante de su presunto asesinato, sumado a la relación sentimental del octogenario presidente del Santander con María Sánchez del Corral con la que pretendía contraer matrimonio, tras divorciarse de su esposa Paloma O´Shea Artiñano.

La continuidad de Emilio Botín al frente del BSCH, tendría un elevado coste para las arcas del banco y sus accionistas, ya que la entidad tuvo que desembolsar unas cuantiosas indemnizaciones a Amusátegui y Corcóstegui que el Tribunal Supremo manifestó que “transgredían ostensiblemente la ética” y que “podían repugnar socialmente”. El coste era lo de menos con tal de continuar manejando y disponiendo a su antojo de las arcas del banco. Así se cumpliría el capricho de Emilio Botín de seguir al frente del banco, con cargo a las arcas de la entidad, en perjuicio de sus accionistas y para poder seguir haciendo los negocios paralelos a costa del banco, porque éste, y no otro, es el motivo de mantenerse en la presidencia del Santander.

Abandono a un alto coste

El abandono de la copresidencia del banco por Amusátegui se produciría en agosto de 2001, pero su coste no fue módico, ya que recibió un “bonus” de 43,7 millones de euros, a lo que hay que sumar una pensión vitalicia de 7 millones de euros anuales. El coste de que Amusátegui dejase el camino expedito a Emilio Botín y a su sucesora Ana Patricia ha costado a las cuentas del banco y, por tanto, a los accionistas del Santander desde 2001 hasta 2020 la nada despreciable cantidad de más de 183 millones de euros. Amusátegui sigue cobrando cada año como si continuase siendo presidente y miembro del consejo de administración del Santander, pero sin moverse de sus mansiones de La Moraleja y Marbella; además, su segunda esposa con la que contrajo matrimonio en 1998, percibirá con carácter vitalicio casi 5 millones de euros anuales a partir del fallecimiento de aquel.

Corcóstegui, por su parte, al poco tiempo de ser ratificado en sus cargos de vicepresidente y consejero delegado, dimitió de ambos con un suculento “bonus” de 108 millones y un complemento de la pensión de 1,8 millones anuales con cargo al Santander, para que se jubilase con sólo 51 años con la condición de no trabajar en el sector durante 10 años.

Entre el “bonus” de 108 millones y la pensión de 1,8 millones anuales, la jubilación de Corcostegui, para dejar el camino libre a Emilio Botín y a su hija Ana Patricia en el Santander, habría costado al banco y a sus accionistas algo más de 125 millones de euros. Corcóstegui, ingeniero de caminos y doctor en finanzas, tenía una gran experiencia y reputación en el sector tras su desempeño en el Banco Vizcaya, el BBV y el Central Hispano, por lo que resultaba inexplicable desprenderse de un ejecutivo como Corcóstegui que con sólo 51 años de edad tenía ya una dilatada experiencia y una prometedora carrera por delante.

La explicación no podría ser otra más que el “clan Botín” quería seguir campando por sus respetos sin ningún ejecutivo que se opusiese a sus designios y tuviese aspiraciones de hacerse con la dirección ejecutiva del banco y ser nombrado presidente cuando Botín cumpliese los 72 años como se había acordado en el pacto de la fusión.

En resumen, las jubilaciones de Amusátegui y Corcóstegui, desde 2001 al 2020, le habrían costado al Santander y a sus accionistas más de 300 millones de euros; y cada año ese importe se incrementa en 7 millones que percibe Amusátegui “sin dar un palo al agua”.

Fulminación de la competencia

Pero por el camino se han quedado otros para que el “clan Botín” tuviese las manos libres. Entre los brillantes banqueros que se han visto obligados a abandonar el banco está el portugués Antonio Horta-Osório, consejero delegado de Santander UK, que, después de asentar el Abbey National Bank, tras su adquisición por el Santander, e integrarlo con los negocios de Alliance & Leicester y de Bradford & Bingley en el Reino Unido, se tuvo que marchar del Santander a finales de 2010, con 46 años por la imposibilidad de promoción. Marchó directo al británico Lloyd´s Banking Group el que, tras su intervención por el gobierno, saneo devolviendo más de 21.000 millones de libras a los contribuyentes británicos, consiguiendo convertirlo en una entidad líder de la banca minorista en Reino Unido, con una rentabilidad por encima de sus competidores. Tras 10 años en el Lloyd´s, en abril será nombrado presidente del banco helvético Credit Suisse, con 56 años por sus méritos profesionales y no gracias a ser el hijo del jefe.

Otro de los que se quedaron por el camino es Javier Marín Romano que tras sustituir a Alfredo Sáenz como consejero delegado y después de haber sido ratificado en el cargo, fue invitado a abandonar el Santander, con 11 millones de prejubilación a sus 48 años, por Ana Patricia Botín, al poco tiempo de la muerte de su padre que le había nombrado. En 2016 sería nombrado consejero del Banco Vaticano (IOR) y en 2018 crearía Singular Bank del que es actualmente su consejero delegado.

Más recientemente, tenemos el caso del italiano Andrea Orcel que, tras ser presentado como nuevo consejero delegado del Santander, proveniente del banco suizo UBS, no pudo hacerse cargo de su puesto porque Ana Patricia Botín le desterró temerosa de que peligrase su presidencia ejecutiva. Orcel será nombrado próximamente consejero delegado del banco transalpino UniCredit. Se desconoce el importe que cobrará por no haber podido ejercer el puesto de consejero delegado del Santander, pero las noticias más recientes hacen presumir la consumación de un acuerdo, con la consiguiente reducción de la reclamación inicial de 112 millones que solicitó en la demanda, estando señalado el juicio para el mes de marzo al que está citada a declarar Ana Patricia Botín.

A todos ellos, se les podría añadir otros como Alfredo Sáenz Abad que tuvo que abandonar el banco como consecuencia de una condena por estafa procesal en el “caso Harry Walker”. Muchos en el banco no se explicaron cómo Emilio Botín no hizo uso de sus influencias y manejo de la Justicia en España, del que alardean en la entidad, para que Sáenz no fuese condenado y obligado a cesar en su cargo; los más maledicentes mantienen que fue para no tener que jubilarse y cederle la presidencia del Santander y que el banco continuase en manos del “clan Botín”. Pero, como las penas con pan son menos, Sáenz no se fue de vacío, se llevó 88 millones.

Y ¿por qué no mencionar a Francisco Luzón?, que, con experiencia en BBVA y en la presidencia de Argentaria y tras ser el gran responsable del éxito del banco en Latinoamérica, también apareció entre los aspirantes a suceder a Alfredo Sáenz y después a Emilio Botín, y por ese motivo precisamente fue expulsado del Santander con 64 años y 66 millones en el bolsillo más un complemento de 2,8 millones anuales.

Sumen ustedes todas esas cantidades y hallarán el coste para el Santander y sus accionistas de mantener al frente a la “dinastía Botín”, y en la actualidad a Ana Patricia que desde que llegó a la presidencia el 9-9-2014 el valor de la acción ha caído más del 60% desde los 7,7 euros, a los actuales 2,8 euros por acción y los resultados del 2020 arrojan una pérdidas de 8.770 millones de euros. Comparen ustedes mismos las carreras profesionales, logros y méritos de los banqueros mencionados con los de Ana Patricia Botín para ostentar la presidencia ejecutiva del Santander.

El abuelo de Ana Patricia y padre de Emilio Botín decía que “su principal aspiración no era hacer del Santander el banco más grande de España, sino trabajar con entusiasmo para convertirlo en el mejor”. Saquen sus propias conclusiones, pero parece que, bajo la presidencia de Ana Patricia, ni el Santander es el banco más grande de España, y mucho menos el mejor, lo que resulta difícil si, con una política eminentemente nepotista, se repele a los mejores para mantener en la presidencia al “clan Botín” rodeado de lacayos agradecidos.

A todos esos costes con cargo al banco podría añadírseles el de las operaciones que, se cuenta en el sector, que los Botín vienen realizando a costa del banco (a alguna de las cuales nos referiremos en una entrega especial) durante los 70 años de presidencia del Santander de las tres últimas generaciones del “clan Botín”, gracias a las que han amasado los 2.000 millones de euros ocultos en el HSBC de Suiza, que el periodista José Manuel Novoa cifró en 6.000 millones. El poder seguir haciendo esas operaciones a costa del Santander (las más conocidas por el público las operaciones de Antibióticos o de la finca de Mijas) es el motivo que muchos consideran que lleva al “clan Botín” a aferrarse a la presidencia del banco.

¿Están dispuestos los accionistas del Santander a que Ana Patricia Botín siga como presidenta sólo por apellidarse Botín, y a seguir sufragando los más de 10 millones que percibe anualmente, más los “negocietes” paralelos, soportando las pérdidas anuales y la disminución del valor de la acción y seguir dejando marchar a magníficos banqueros con exitosas trayectorias profesionales derivadas de sus méritos y no por ser los hijos del jefe? ¿Qué opinan de todo ello los empleados que se ven sometidos a constantes EREs mientras los Botín se gastan los fondos del banco para mantenerse en la presidencia? ¿Cuál es la solución a este desaguisado, la fusión con el HSBC que se rumorea? Juzguen ustedes mismos.

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